EL ZODIACO
Hace muchos
siglos, en la antigua Grecia las mujeres que contraían matrimonio solían tener
entre uno y dos hijos. Pero hubo una ocasión, donde una mujer llamada Lily dio
a luz a doce hermosos niños. La mujer no daba crédito del suceso, pero se
encontraba muy contenta; por su parte, su marido se sentía devastado y un
sentimiento desagradable empezaba a nacer en él.
Los niños
eran muy parecidos entre sí, todos tenían grandes ojos color esmeralda y el
cabello dorado. Las personas de la ciudad, estupefactas, corrían a la casa de
Lily a visitarla y a llenar de ofrendas y presentes a los recién nacidos.
Pronto, la
noticia recorrió todos los rincones de esta antigua ciudad, hasta que llegó a
oídos del emperador quien solo vivía acompañado por su mujer y sus súbditos en
el palacio. Y como todas las demás personas, tenía que ver con sus propios ojos
a los bebés. Este preparó una cesta con los mejores víveres que había en su
palacio, así como joyas y finas telas para llevárselas a Lily. Antes que el
emperador partiera a su viaje, su esposa de último momento decidió acompañarlo.
Los dos se
encaminaron hacia la morada de Lily, quien los recibiría llena de alegría.
Cuando la emperatriz vio a los doce preciosos niños, los celos y el enojo
invadieron su cuerpo, por lo que corrió fuera de la casa. Mientras tanto, el
emperador se quedó junto a la cuna de los niños mirándolos con mucha ternura
mientras estos dormitaban. Cuando por fin despertaron, miró con mucha paciencia
a uno por uno a los ojos y se dio cuenta de lo especial que eran. A través de
los ojos vio que cada niño era diferente, contrariamente a lo que la mayoría de
las personas decían, también vio que sobre su cabeza se formaba un círculo
blanco.
La
emperatriz, que antes había intentado tener hijos con su esposo, pero esto no
les era posible cuando incluso hubieran visitado a los mejores curanderos de
toda la región, corrió hasta posarse en una piedra cerca de la entrada de lo
que parecía una cueva. De repente ésta, escuchó la voz de un hombre quien le
preguntó quién era y por qué se encontraba tan enfurecida.
Esta voz, era
la voz de nada más y nada menos que del esposo de Lily, y pronto los dos
coincidieron en que tenían un cierto sentimiento hacia esos doce niños. Así
pues, la emperatriz habló por horas con el esposo de Lily, hasta que por fin
logró convencerlo de hacer algo al respecto.
La noche se
presentó y la hora de partir del emperador también. Con tristeza y lágrimas en
los ojos se despidió de los niños, no sin antes darle a cada uno un nombre
propio, el cual pronunció muy suavemente y nadie más escuchó.
Así pues,
mientras Lily dormía profundamente, su marido tomó con mucho cuidado y sin
hacer ruido a los bebés uno por uno y los llevó a la cueva donde antes había
hablado con la emperatriz. Cuando finalmente llevó al último niño, fue en busca
de piedras y selló completamente la entrada. A la mañana siguiente, cuando Lily
despertó y no sintió la presencia de sus adorados hijos, perdió tanto la
cordura que se quitó la vida.
Por su parte, su marido,
que se encontraba destrozado, corrió con lágrimas en los ojos hasta la cueva a
rescatar a los niños, para llevárselos al cuerpo de su esposa y ver si esta
regresaba a la vida. Tan pronto como abrió la entrada, se llevó una gran
sorpresa; no había rastro de los niños por ninguna parte. Al poco rato, el
hombre se tiró de un acantilado arrepentido de sus actos.
Los dioses,
al percatarse de esta horrible tragedia, llevaron a los cielos a cada uno de
los niños, brindándoles su protección y convirtiéndolos en hermosas
constelaciones: Aries, Tauro, Géminis, Cáncer, Leo, Virgo, Libra, Escorpio,
Sagitario, Capricornio, Acuario y Piscis, cuyos nombres correspondían a los que
el emperador les había otorgado.
ADY L. HERNÁNDEZ
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